Domingo 21 T.O. Ciclo B

La primera lectura es del libro de Josué 24,1ª.15-17.18b y tiene como contexto la conquista de la tierra prometida que fue lenta y los habitantes del país tienen sus propios dioses. Los hebreos, por su parte, vienen del desierto, trayendo su propia fe monoteísta en su Dios Yahvé. En el encuentro con los nativos, la fe monoteísta, se vio en dificultades. Máxime cuando veían, la riqueza y los exuberantes cultos que allí se daba a los dioses. Ante esta situación, era preciso renovar la Alianza y descubrir su riqueza en el marco de una celebración donde el pueblo responde con la aceptación de la alianza y el cumplimiento de sus cláusulas. Esto es importante, resaltarlo ya que quienes sancionaron la Alianza en Siquem, no eran los mismos que atravesaron realmente el desierto, sino que eran sus descendientes, lo que nos indica que estamos ante una fe creíble, histórica  y que actualiza la historia de la salvación. Pero esto no quiere decir que el pueblo cumpla con esos compromisos adquiridos.

En la segunda lectura de Efesios 5,21-32 Pablo, no hace ningún alarde de machismo cuando dice que el marido es la cabeza de la mujer, sino que está hablando de la relación entre Cristo y la Iglesia, de manera que como Cristo, es cabeza de la Iglesia, así el esposo es cabeza de la esposa. Seguramente, fue escrito como respuesta a ciertas acusaciones dirigidas a los cristianos en el sentido de que amenazaban la estabilidad del tejido social, puesto que exigían cierta igualdad entre todos los fieles, pues el matrimonio como expresión de la vida que existe en Dios, es una comunión de vida y de amor y en este sentido el que el esposo sea cabeza, quiere decir que debe amar más y sabiamente a la esposa y que como la cabeza no se puede separar del cuerpo, tampoco la unión matrimonial puede disolverse. Esto que es lo que se da entre Cristo y la Iglesia, es lo que se da entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Consecuentemente: «serán los dos una sola carne».

El Evangelio de Jn 6, 60-69, muestra la incredulidad de los discípulos ante las palabras de Jesús que afirman la necesidad de comer su carne y beber su sangre. Es necesario que Jesus muera y resucite para que lo puedan entender, pues sólo quien ha nacido y ha sido vivificado por el Espíritu y no obra según la carne, comprende la revelación de Jesús y es introducido en la vida de Dios.

Todo esto nos indica que, si bien el lenguaje en la transmisión de la fe es importante, la fe siempre será un paso duro de dar, pues supone una elección, una alianza del tipo de la propuesta por Josué; implica elecciones no siempre fáciles ni siempre indoloras. Y frente a los compromisos que afectan profundamente a nuestra vida, nos vemos tentados también a hablar de exageración o de complicaciones, que la Palabra se debe interpretar o sencillamente que los tiempos han cambiado. Frente a todo ello hoy el Señor nos sigue diciendo con claridad y entereza que es preciso estar con él o dejarle.

Pidamos poder decir con Pedro: «Señor ¿a quien iremos? Tus palabras dan vida eterna»

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