Domingo 17 T.O. Ciclo B

A lo largo de la Escritura se da una constante y es que la necesidad de las personas prevalece sobre el sentido sagrado de las cosas. La primera lectura es de 2 Reyes 4,42-44 y nos presenta a Eliseo en esta línea, pues, aunque se le ofrecen los panes de las primicias, hay un grupo de personas mas o menos numeroso, que necesita alimento y el profeta entiende que la alimentación de esas personas es anterior al respeto debido a las primicias; y es que hoy como ayer, la persona es un valor superior al rito y a las normas. Mas aún, la orden dada por Eliseo de repartir el pan no es un atrevimiento ni una provocación, sino la expresión visible de que es un profeta que actúa en nombre de Dios y con la convicción de que Dios no anula la aportación del hombre, sino que más bien cuenta con ella, la utiliza y la supera cuando hace falta. Dios interviene, pero a través de la mediación humana.

La segunda lectura es de San Pablo a los Efesios 4, 1-6 y corresponde a la parte parenética o exhortativa, es decir, para conducir la vida. Concretamente lo que persigue el Apóstol es que pueda darse la unidad en el seno de la comunidad. Unidad que es consecuencia de la nueva identidad cristiana y siguiendo, por tanto, el ejemplo de Jesús: humildad, amabilidad, paciencia, amor que se hace cargo de la debilidad del otro, solicitud por la construcción de la paz. Estas son las virtudes que hacen visible y realizable la unidad de la comunidad y dan testimonio de que el Espíritu es el que la anima, ya que no son sino los frutos del Espíritu. La unidad de la Iglesia es un efecto o resultado de la comunión que existe en la Trinidad. La Iglesia anuncia, así como única meta, la esperanza que todos necesitamos, esto es que el amor fraterno es posible cuando experimentamos el amor que Dios nos tiene.

El Evangelio es de Juan y en él se nos revela Jesús como el pan de vida. En el marco de la Pascua Judía, Jesús sube al monte con sus discípulos seguido por la muchedumbre, atraída por las obras extraordinarias que realiza. En este contexto perpetra el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Es él quien toma la iniciativa de dar de comer a todos, quien distribuye los panes y quien se pone a servir, siendo el primero en dar ejemplo para que sus discípulos aprendan a hacer lo mismo. Podemos ver en el transfondo la imagen de la última cena, la verdadera y definitiva pascua de Jesús, durante la cual tomó y distribuyó el pan después de haber dado gracias al Padre y que no se narra explícitamente en el Evangelio de Juan.

Jesus, al multiplicar los panes y los peces ofrecidos por un niño, da por una parte, una respuesta a las objeciones de Felipe y Andres, a cerca de la falta de alimento; es la respuesta del amor generoso y solidario que a partir de algo, aunque sea poco, pero ofrecido y compartido, sacia la necesidad de cada uno y llega a todos.

Por otra parte, los judíos esperaban del Mesías que renovaría los prodigios realizados en la travesía del desierto por medio de Moises. El Mesías sería un nuevo Moisés y la gente al ver lo realizado, considera que él es el Mesías-rey, un Mesías nacional- político, pero entonces, él se retira al monte para tomar así distancia de esa mala comprensión de su mesianismo. De este modo, nos indica en primer lugar, que su realeza no es de este mundo y en segundo lugar, que el anuncio del Evangelio, es la respuesta a las necesidades más profundas del hombre.

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