El sí de Dios y el sí a Dios

Dios nos ha dado su sí, que es el que hace posible nuestro sí, por medio de Jesucristo. Y por él nos sigue dando, «toda clase de bienes, espirituales y celestiales» (Ef 1,3) y él nos «confirma en Cristo por el Espíritu» (2ª Cor 1,21).

Este sí de Dios por medio de Jesucristo, lo hemos visto en que: «dio su vida por nosotros», y su consecuencia es: «que también nosotros, hemos de dar la vida por los demás» (1ª de Jn 3, 16).

Vemos, que nuestro sí a Dios y a los demás, dependen de su sí, que es anterior al nuestro: «pues el Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado entre vosotros por mí, por Silvano y por Timoteo no fue sí y no, sino que en él sólo hubo sí» (2 Cor 1,19). Esta es la nueva vida que él nos da: el poder amar, puesto que ya no estamos encadenados ni destinados a la muerte.

Si bien la muerte sigue estando, ésta ya no tiene la última palabra, sino que la última palabra de Dios es Cristo que muere y que resucita, que vence a la muerte y que nos llama también a nosotros a la vida, a vencer con el.

Esa es la nueva vida que se nos da por el bautismo y que nos permite amar como Cristo nos ha amado, y así, cumplir su mandato, pues: «lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere» (Jn 5,21).

Acogiendo en nosotros esta Vida nueva, es como podemos decir: Amen, sí a Dios.  

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