4 Domingo de Adviento, Ciclo B

En Israel solo hay un rey que es Dios. En la primera lectura de 2 Samuel 7,1-5.8b-11.16, David quiere construir una «casa» (templo) para su Dios, al que se lo debe todo; Dios que entiende el deseo de David se adelanta y le promete construir una «casa» (dinastía) que durará para siempre. Esta seguridad en la promesa ofrecida por Dios, fundamentará la esperanza del pueblo en todos los momentos de su historia y ésta promesa será como una lámpara encendida en los momentos más difíciles. La raíz y el fundamento de la esperanza contra toda esperanza es esta promesa que culminará en la realidad mesiánica. En los momentos difíciles del exilio babilónico se tradujo en una esperanza de restauración y siglos mas tarde en la esperanza del mesías, que colmará todas las esperanzas. A este fragmento se refiere el ángel Gabriel en la anunciación de la encarnación del verdadero y definitivo Mesías, esperanza de todos los pueblos, Jesús de Nazaret.

La segunda lectura de Romanos 16,25-27 nos habla del Evangelio proclamado por Pablo, este Evangelio, es el mismo Cristo proclamado que es la continuidad con el Cristo proclamador. La unidad profunda de las dos etapas muestra la solidez del proyecto de Dios en favor de los hombres. Anunciar incansablemente el Evangelio es esperanza para los proclamadores y respuesta a los anhelos de la humanidad en cuanto que Buena noticia siempre actual. Además, este Evangelio es como se nos dice: «revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura». Jesús aparece así en el centro de la historia de la salvación y como decía San Jerónimo: conocer la Escritura es conocer a Cristo, e ignorar la Escritura es ignorar a Cristo. La Sagrada Escritura es lo que da firmeza y autenticidad a la esperanza, así, el discípulo de Jesús, tiene siempre motivos para seguir esperando incluso en medio de las experiencias más difíciles, de forma que en ellas se hace creíble su vida y su palabra.

El evangelio de Lucas 1,26-38, narra las circunstancias humanas en que se va producir el acontecimiento central de la historia de la salvación. Se indica la situación de María: es una virgen y José es de la casa de David. Jesús será hijo de David a través de José. La Palabra se hará historia en un hogar humano, pero con una intervención divina del todo especial.

Lucas enseña lo mismo que Pablo en la carta a los romanos cuando dice: «acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de Santidad por su resurrección de entre los muertos». Y Lucas: «el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios». En una palabra, va a tener lugar una nueva creación y para realizarla es necesaria la presencia del Espíritu Creador y la virginidad de María está al servicio de esta maravilla. La encarnación de la Palabra es por tanto, el primer momento de la nueva creación. María pronunciando su sí, ha entrado a formar parte directa de la encarnación y todos los elementos de la promesa a David se funden y realizan en Jesucristo, que es el Mesías perteneciente a la familia davídica y es el Hijo hecho hombre, el nuevo templo, la casa que Dios ha preparado para que el hombre y Dios se encuentren

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