2 Domingo de Adviento, Ciclo B

Dios viene, preparemos su venida.

La primera lectura del profeta Isaías nos habla de un mensajero que, elevado sobre un monte, grita: «aquí está vuestro Dios, aquí está el Señor».  La vuelta del exilio, que supuso una gran prueba, es signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, dejando claro que: este Dios que los liberó de la esclavitud de Egipto y que les saca ahora del exilio de Babilonia, es el Creador, el que lo ha hecho todo y su presencia lo llena todo y su salvación llega a todos. El tiempo del duro exilio, ha servido al pueblo para madurar su fe y ver que Dios está en todas partes y que no solo es el Dios de Israel, sino el Señor de todos los pueblos.

Se impone pues una palabra de aliento, de consolación: «Consolad a mi pueblo y hablad al corazón de Jerusalén». Tras la dura prueba, viene la consolación y la preparación de una senda para que venga el Señor, y es que él viene a nuestro encuentro, él quiere nacer en el pesebre de nuestro corazón.

La segunda lectura de 2 de Pedro 3,8-14 nos muestra unos signos de destrucción. Dios acaba con el mal, mediante toda esa destrucción de los elementos y está oculto silenciosamente en nosotros. Pero la pregunta es: ¿Por qué tarda en venir? Los que creen que no necesitan conversión no entienden que es la paciencia de Dios la que hace posible nuestra conversión y la que hace posible la historia de la salvación encaminándola hacia su meta definitiva. La paciencia de Dios es, por tanto, nuestra salvación. Mientras tanto, vivamos en su presencia alentadora en cada uno de nosotros y en todos, que nos llama a la santidad en el amor y que nos garantiza la llegada de un cielo nuevo, y una tierra nueva en donde habite la justicia.

El Evangelio de Marcos 1,1-8 nos invita a ver la presencia de Dios, hecha realidad en Jesucristo. Juan el Bautista es el encargado de descubrirla y de anunciar que Cristo es el que viene a colmarnos de ella. Así lo indica al decir: «yo bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Juan nos indica también que es el desierto, es decir el silencio y la soledad a donde Dios nos llama para que hagamos viva esa presencia.

Ante tantos mensajes negativos, nihilistas, contradictorios, quedémonos con el mensaje profético que nos invita a preparar nuestro corazón para que el Señor pueda poner en él su morada. Él, como decíamos, quiere nacer en él, hacerse presente en nuestra historia para llenarla de su presencia y de su amor, como dice Hugo de San Victor: «ni Dios podía venir a nosotros, ni nosotros podíamos ir a él sino por medio del amor». Ese amor se nos ha dado por medio de Jesucristo que baja del cielo a la tierra para llevar al hombre de la tierra al cielo.

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