Jesucristo rey del universo

Jesús centró su predicación y la realización de sus signos en anunciar la inminencia del Reino de Dios. En una primera etapa, Jesús la proclama, sobre todo, a través de las parábolas que por este motivo se las llama: parábolas del reino. Este reino se hace presente también a través de los signos (exorcismos, curaciones, intervenciones en la naturaleza) y que, por eso, se los llama también: signos del reino. Este Reino se realiza con poder singular en la kénosis (abajamiento) de la cruz y en la exaltación de la resurrección. Se actualiza constantemente con la fuerza del Espíritu y se convierte en objeto de esperanza final para los creyentes en Jesús y para la humanidad entera.

El reinado o soberanía de Dios no se hace presente en la etapa actual por medio del poder de este mundo, sino en la continuidad en la Iglesia de la obra salvadora y liberadora de la cruz de Jesús garantizada por el poder de Dios manifestado en la resurrección. Esta soberanía comienza en el tiempo con el compromiso por la comunión, la solidaridad y la fraternidad hasta que Dios lo sea todo en todos.

La primera lectura es de Ezequiel 34, 11-12.15-17. Dios mismo, Pastor ideal, se encarga de proteger, guiar, cuidar al pueblo y garantizar el bien común y el bienestar de todos en la seguridad y la paz. Para ello cuenta con pastores elegidos para servicio de su pueblo: los reyes y los gobernantes. Pero no cumplieron su tarea. Por eso, él mismo en el momento central de la salvación, asumirá esta tarea y la llevará a cabo él mismo. Al final de los tiempos el Pastor discernirá con justicia entre oveja y oveja entre carnero y macho cabrío. En el Nuevo testamento esta tarea se la entrega al Hijo que será el Buen Pastor (Jn 10) y el Juez universal (Mt 25)

La segunda lectura es de 1 Cor 15,20-26a.28. En ella Pablo responde a las objeciones que le plantean a cerca de la resurrección. Su respuesta va en la dirección de: Cristo ha resucitado realmente, por tanto, los muertos resucitan. Así, un hecho portentoso se convierte en la base de todas sus afirmaciones. Ciertamente, el gran enigma que nos atenaza, el de la muerte, ha sido absorbido y resuelto en Jesús hombre real resucitado. Vemos así que el proyecto original de Dios era la vida y no la muerte, que la vida es más fuerte que la muerte y que ese proyecto del Dios de la vida se realiza infaliblemente en Cristo.

El Evangelio de Mateo 25,31-46, nos sitúa frente al juicio final. La dramatización literaria, se compone de tres elementos: resurrección, juicio, posesión de la gloria para siempre. Para el encuentro con el juez universal se nos anticipan las preguntas de su interrogatorio y lo que hemos de hacer para ser colocados a su derecha. Está claro que este rey y juez escatológico, que cumple las profecías antiguas, es Jesús de Nazaret, el crucificado, aquel que experimentó el hambre, la desnudez, la soledad, el dolor. Ahora los que son invitados a interesarse eficazmente por todos aquellos necesitados del amor misericordioso de Dios, que es el móvil de la salvación, se encuentra con la sorpresa gozosa de que lo estaban haciendo con el propio Jesús, escondido misteriosa y realmente en todos ellos.

Así pues, en cualquiera que sufre es necesario manifestar realmente el amor misericordioso del Padre con signos creíbles. Así lo hizo Jesús, rompiendo todas las barreras para ofrecer al hombre el amor misericordioso de Dios.

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