Domingo XXXII, T.O. Ciclo A

En la Biblia, el sabio es fundamentalmente el que teme a Dios y se aparta del mal (Job 28,28)

En la primera lectura tomada del libro de la Sabiduría 6,12-16, la sabiduría aparece personificada y se la compara con una amiga o una esposa. Es necesario buscarla con interés y con perseverancia para que Dios la conceda. La búsqueda forma, parte importante de la pedagogía de Dios, que se hace el encontradizo con aquel que lo busca con corazón sincero y manifiesta buena disposición interior para acoger su Palabra.  Igualmente, Dios no impone, sino que propone su Palabra para que la reciban los que la desean sinceramente. Por otro lado, la sabiduría encuentra su gozo en habitar entre los hombres, es benévola y no se presenta como un juez sino como una compañera de camino. Esto lo vemos realizado en el Hijo, eterna «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,24) que ha venido al encuentro de la humanidad en el misterio de la Encarnación.

La segunda lectura tomada de 1 Tesalonicences 4, 13-18, nos muestra la fuerza de la esperanza que tiene su fundamento en la resurrección del Señor. La muerte de Jesús fue real y una entrega de amor a favor de todos. Con el mismo realismo quiere Pablo que se contemple la realidad de la resurrección. La vida para el creyente no termina aquí, tiene futuro, y este es el gran gozo: que el final no es la muerte sino la vida feliz y gozosa en el reino donde espera Jesús a toda la humanidad, de la que él participó plenamente menos en el pecado. La comunión con él, estar en su presencia. Esto es lo único que puede llenarnos de gozo.

El Evangelio tomado de Mateo 25,1-13, une a la certeza del retorno del Señor, una sana sugerencia sobre como comportarse en este tiempo de vigilancia. En la parábola de las vírgenes, hay una referencia a la costumbre de las bodas de aquel entonces, en las que no había una hora prefijada para la llegada del esposo. Por eso, era necesario estar siempre atentos si se quería cumplir la tarea de acompañarle a su llegada. Esta situación, el Evangelista la aplica a la realidad de la primera comunidad. En ella, la llegada del esposo pasó a ser un símbolo de la segunda venida del Señor, de la que no sabemos el día ni la hora en que ocurrirá. Es necesario, por tanto, mantenerse despiertos, vigilantes y a punto. Esto supone una actitud de paciencia, aguante, constancia y perseverancia, virtudes que serán las compañeras inseparables de la esperanza cristiana. El Señor volverá, con toda certeza; pero hay que estar vigilantes en la experiencia de la esperanza paciente, generosa y perseverante.

Todo el relato apunta hacia la recomendación final: «por tanto velad». En realidad, no cuenta si la vuelta de Jesús es inmediata o se demora, sino el estar preparados, porque todos los momentos son decisivos para la salvación, de manera que el que cree en Jesús, tiene por delante la doble tarea del compromiso temporal y la esperanza del reino final y glorioso.       

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