Domingo XXVIII,T.O. Ciclo A

En la tradición bíblica primitiva se imaginaba la felicidad del reino como la vuelta al paraíso donde el hombre disfrutaría de toda clase de bienes materiales.

La primera lectura de Isaías 25,6-10ª, nos presenta la imagen del banquete para transmitirnos la sugerente realidad de la promesa que se cumplirá. El profeta traslada esta imagen con todo su sentido simbólico a un orden nuevo de esperanza abierta a todos los pueblos. La salvación, en su realización definitiva será universal, sin fronteras, ni distinción de razas y pueblos.

El proyecto que Dios hizo en favor de la humanidad, frustrado en su origen por el hombre, ha sido restaurado en su totalidad y se abre a un futuro que mantiene en vilo la esperanza. La imagen de las lágrimas que son secadas, se convierte en un símbolo del bienestar acabado y completo. Los creyentes somos invitados a anunciar al mundo que en la etapa final no habrá llanto y ello supone ir ya enjugando las lágrimas de todos los que lloran por cualquier causa. Por medio del Evangelio, hoy sigue abierto el proyecto universal de la oferta de Dios a todos los hombres.

En la segunda lectura de San Pablo a los Filipenses, el apóstol agradece a los de Filipo la ayuda que recibió de ellos cuando estaba en la cárcel y le recuerda que el evangelizador debe ser un reflejo viviente de la confianza en la providencia y en Jesús que le envía. El Evangelio tiene fuerza por sí mismo para dar sentido a la historia compleja y dolorosa de los hombres. El lo expresa diciendo: «pues Cristo me da la fuerza». Dios es todo y quien se sumerge en él se sumerge en el Todo. La Santa de Ávila que celebraremos próximamente dirá: «Nada te turbe, nada te espante, sólo Dios basta». Pero esto no quita importancia a la necesidad de compartir los bienes materiales al igual que se comparten los espirituales, ya que el mutuo compartir crea lazos firmes y estables de sincera comunión en la Iglesia.

El Evangelio de Mateo 22,1-14, nos muestra claramente el alcance universal de la salvación de Dios. La parábola se dirige a los críticos y adversarios del evangelio de la misericordia. Ellos son los invitados a la boda. Os parecéis -les dice Jesús- a los invitados que rechazan la invitación. Vosotros, no habéis querido venir a la boda. Se nos explica así, porqué el Evangelio ha sido llevado a los gentiles: porque Israel no ha querido aceptarlo: «Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis convidadlos a la boda…». Porque los invitados rechazaron la invitación Dios, llama a los publicanos y pecadores y les ofrece la salvación que ellos han rechazado. Hoy como ayer sigue resonando con fuerza y viveza esta parábola ya que Dios sigue llamando a su banquete a todos los hombres y mujeres del mundo. Todos somos convocados. Y Dios invita en serio, porque es nuestro Padre, porque quiere ver la sala del banquete llena. Este es el Evangelio de la bondad y de la misericordia de Dios.

En la tercera parte, el rey entra para ver a los comensales y encuentra a uno sin traje. Para entenderlo es necesario recordar que, en Oriente, el anfitrión (rey que «invitaba a los invitados») les proporcionaba habitualmente el traje de bodas. En este caso, el invitado no ha aceptado la vestidura y ha entrado rechazando el gesto amigable del rey. Se nos recuerda que la llamada es una gracia no merecida, pero la entrada en el reino es conjunción de gracia y respuesta, don y compromiso.    

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