La paz y su fruto

La paz se da y se nos da. En el mundo podemos llegar a tener tranquilidad, pero la paz es algo más profundo, que solo Dios nos puede dar, pues brota de su presencia, de su amor. En Génesis 26,27, Isaac pregunta a los que vienen a él: «¿Cómo es que venís a mí vosotros que me odiáis y me habéis echado de vuestra compañía? A lo que le contestan: Hemos visto claramente que Yahveh se ha puesto de tu parte…y vamos a hacer un pacto contigo». Cuando el Señor se muestra a alguien, se convierte en signo de paz y con él, se construye la paz.

Igualmente, el pueblo, que ha vivido la presencia de Dios de muchas maneras, la experimenta de una manera especial al salir de Babilonia y dejando atrás el exilio. Ha comprendido que Dios con su presencia lo renueva y lo transforma todo y que la intervención de Dios en la historia es siempre ocasión de encuentro con su paz. En Isaías 48, 22, se nos dice que: «no hay paz para los malvados», es decir, para los que se quedan en Babilonia, para los que rechazan a Dios y no cumplen sus mandatos.

Por otra parte, esta paz es don y fruto del Espíritu que es dador de vida y por tanto de la paz y del consuelo. En el libro de los Hechos 9,31, se nos dice que: «las iglesias por entonces gozaban de paz en toda judea, Galilea y Samaria; se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo». El Señor nos da la paz por medio del Espíritu, el cual no conoce límite ni fronteras.

Con Jesucristo, llegamos a la paz que es el gran don que Dios nos da. Los romanos solían decir: «si quieres la paz, prepara la guerra».  Jesus, en cambio, nos introduce en una paz distinta, la que brota de su amor y de su entrega en la cruz, por la cual vence al pecado y la muerte, haciendo posible que el Reino de Dios se haga presente; el Reino de la verdad y la justicia, del amor y la paz.

«Venga a nosotros tu reino», decimos en el Padre Nuestro. Venga a nosotros, ese Reino que da como fruto la justicia que brota de la paz y que nos trae la certeza de sabernos amados y perdonados por Dios, por medio de Jesucristo. Pidamos que su Reino y su paz habiten en nosotros. Vivamos en la verdad de su presencia, de su Espíritu derramado en nuestro corazón, que es fuente de una paz, que nada ni nadie nos podrá arrebatar.

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