Domingo XXVI, Tiempo Ordinario, Ciclo A

La responsabilidad ante el bien o el mal, es ante todo personal.

La primera lectura de Ezequiel 18,25-28, se sitúa en el tiempo en que parte de Israel se encuentra en el exilio de Babilonia y siente que están sufriendo las consecuencias de un pasado del que ellos no son responsables directos sino herederos. Los padres quebrantaron la ley y los hijos sufren las consecuencias. Esto les parece injusto y como consecuencia les parece injusto el proceder de Dios. El profeta nos revela que, si bien es profunda la comunión del pueblo y su destino, cada miembro ha de asumir su propia responsabilidad, sea para bien o para mal. Se nos invita a estar atentos a la conjugación armoniosa de la intervención de Dios en la historia y la responsabilidad libre y personal del hombre. El creyente, vive esta armonía entre la acción de Dios y la respuesta libre del hombre y de las comunidades humanas, de manera que sea posible por medio de la rectificación acoger la voluntad de Dios.

Jesucristo nos ha enseñado a vivir una relación amorosa y libre del hombre con un Dios personal que ha proyectado la felicidad del hombre.

La segunda lectura de Filipenses 2, 1-11, nos exhorta a tener los sentimientos de Cristo que ha vivido la justicia y la rectitud haciendo de la voluntad del Padre su alimento. Nuestro mundo, inclinado a la rivalidad, a la competencia, muchas veces desleal, encuentra en los creyentes en Cristo otro programa, otra forma de conducir la vida humana. Su Santo Nombre, es para todos, camino de conversión y de oración continua; recuerdo constante, de esta nueva vida de comunión con Dios y con los demás, a la que él nos llama, siendo responsables de nosotros y de los demás, especialmente de los mas débiles, por los que Cristo se ha anonadado sometiéndose a la muerte y muerte de cruz, pero resucitado, ha sido constituido en Kyrios, esto es, Señor y dueño de todo lo creado.

El Evangelio, de Mateo 21, 28-32, nos muestra a Jesus en Jerusalén, centro de la salvación, pero donde el Salvador es rechazado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Jesús les advierte que el punto de referencia y la seguridad del pueblo no es el templo y el esplendor de su culto, sino la actitud que se adopte frente a la voluntad de Dios, que es la fuente de la salvación para los hombres y de su identidad de pueblo de Dios. Los dos hijos representan dos estamentos: los piadosos y los proscritos (publicanos, pecadores, etc) Los dirigentes han dicho que sí pero todo se redujo a un culto vacío y sin traducción en una vida comprometida amorosamente con Dios y con los hombres. Frente a ellos hay una multitud que ha dicho no a la voluntad de Dios, pero luego se arrepiente y entra en su dinámica de salvación (los pecadores que comparten la mesa con Jesus). Arrepentimiento y conversión que tiene su raíz en el corazón de la persona que reconoce en Dios revelado por Jesús, un Padre amoroso que manifiesta su voluntad para que el hombre realice su proyecto y su destino humano. En conclusión, solo en el acceso a la voluntad de Dios a través de Jesús, adquiere el hombre su dignidad, su libertad y su felicidad.  

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