Presencia y misión

Además de ser una gran película, la misión es a lo que Jesús nos llama. Pero ¿Cuál es la clave de la misión? La clave de la misión no es otra que la de saber que el Dios que te envía, es el que está contigo.

En Ex, 3, 10-12, vemos como Dios envía a Moises, el significado de la palabra misión es ese: envío. Y Dios le envía al faraón para que libere a su pueblo de la esclavitud.

Como era de esperar, Moises no deja de reconocer que él no va a ser capaz de tamaña empresa. Ante la misión a la que Dios nos llama por medio de Jesucristo, no podemos dejar de reconocer igualmente, nuestra pobreza e incapacidad, así ha ocurrido a todos los llamados, como nosotros por Cristo, a anunciar su nombre. Pero volviendo a Moisés ¿Qué es le da para llevar a cabo la misión? El don de su presencia. A la réplica de Moisés: «¿Quién soy yo para acudir al faraón o para sacar a los hijos de Israel de Egipto? Dios simplemente le responde con escueto: «Yo estoy contigo…» (Ex 3, 11-12).

Ese: «yo estoy contigo», es el don de su presencia viva en cada uno de los que invocamos su nombre. Esto lo vemos también en los profetas como es el caso de Jeremías: «¡Ay, Señor, ¡Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño. El Señor le contestó: no digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte -oráculo del señor-». Una vez más, es la presencia del señor: el «yo estoy contigo» el que marca el ritmo de la llamada.

Este don se da en cada uno de nosotros por medio del Espíritu: «pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos ¡Abba, Padre!» (Rm 8,15). Por medio del Espíritu que hemos recibido en el bautismo se nos da el don de su presencia para que podamos responder a esa llamada que Dios nos hace de ser signos de esa su presencia allá donde estemos y para lo cual, no dejamos de invocar su Santo Nombre.

Del mismo modo, cuando Jesus envía a los discípulos, llama la atención que los envía prácticamente sin nada: «…No llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino» (Mt 10,4). Una vez más brota la exclamación profunda que ya conocemos: «cómo va a ser eso». Pero inmediatamente el Señor añade: «Cuando entréis en una casa, decid primero: paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (Mt 10,5). La «paz», ese es el signo de la presencia y es también su fruto. La paz es lo que Jesus nos da, lo que tenemos, porque nos lo da y es lo que estamos llamados a dar, a entregar, a anunciar. He ahí la misión a la que Jesús nos remite. A ella hemos sido llamados sin más y sin necesidad de nada más.   

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