Eutanasia y dignidad de la persona

José Antonio Heredia Otero OP

Facultad de Teologia de San Vicente Ferrer

Valencia

Eutanasia y muerte digna

La Palabra Eutanasia, designa en su acepción original, la buena muerte (euthanatos) o también, el arte de bien morir.

Pero sin duda, nos encontramos en un contexto cultural diferente en lo que a la muerte se refiere. Los avances médicos han propiciado una nueva forma de sobrevivir o sobremorir, pudiendo mantener artificialmente la vida y el trance de morir hasta límites insospechados hasta hace poco. Esto ha hecho que la Eutanasia conocida hasta ahora haya cambiado su significado para ir poco a poco deslizándose, por una parte, hacia la «muerte» digna y por otra, entendiendo por «digna», algo relativo a lo programable o deseable.

De ahí que, hoy en día, sea más que nunca necesaria una reflexión acerca de la libertad y autonomía ante el hecho bruto de la muerte y del morir.  Algunos hablan en este sentido de una nueva disciplina: la tanato-ética, centrada en «analizar las dimensiones estrictamente morales (no jurídicas, económicas, políticas, sociológicas, psicológicas o religiosas) implicadas en el morir humano»[1].

Un concepto clave en este proceso es el de «muerte digna», que tiene que ver, sin duda, con el de «dignidad de la persona».

Defender la muerte digna, implica hoy y en nuestro contexto cultural, simple y llanamente convertir en un derecho el poder disponer libremente del momento final de nuestra existencia. El «cómo», es decidido por el médico o personal sanitario, mientras que el paciente, física y mentalmente capacitado, decidirá el «cuándo», pues la vida que lleva le resulta indigna. Como puede verse, el papel que desempeña el paciente en este caso, es sumamente activo, consciente y responsable. El médico es un mero facilitador. Así lo que se consigue es que no sea el proceso degenerativo de morir el que vaya marcando los últimos pasos de la existencia, sino que es el paciente el que ataca y ataja frontalmente el poder destructor de la enfermedad. Así es como se entiende la dignidad del ser humano que propugnan los defensores del auxilio médico al suicidio.

Consecuentemente, la eutanasia[2], que se considera como muerte digna, será aquella que es voluntaria (solicitada por el enfermo), activa (siendo el personal sanitario el agente principal que realiza determinadas acciones para poner fin a una vida) y directa (con la intención explícita de acabar con la vida del sufriente y de este modo con todos sus dolores).  Por tanto, la relación entre eutanasia y muerte digna, radica en que ésta es solicitada por el enfermo ya que al parecer, no le queda dignidad en su existencia, ya que  están menguadas o desaparecidas las cualidades intelectuales y morales (ejercicio de la razón y autonomía) que hacían de él una persona y le otorgaban la dignidad propia de los seres humanos racionales y libres.

Según este esquema de pensamiento, la dignidad depende de la tenencia y ejercicio de determinadas cualidades humanas como: pensar, comunicar, proyectar, decidir en libertad, consciencia, auto-posesión, autonomía…cualidades que una vez desarrolladas pueden perderse temporal o definitivamente, lo que convierte la vida y la persona que las ha perdido en carente de valor y dignidad, por lo que la petición de muerte se presenta como la única salida digna para quien ha dejado de ser propiamente una persona para pasar a ser, o a si se entiende en la mayoría de los casos, un problema social, económico, técnico, médico, familiar y moral.

Ahora bien, hay que distinguir que mientras, en la ayuda médica al suicidio, es el paciente el que se convierte en el agente que decide y atenta contra su propia vida y el médico facilita los medios al paciente, en la eutanasia voluntaria-activa-directa, es el enfermo quien anhela, según su propio deseo que otro agente responda favorablemente a su petición de acabar con su vida. El enfermo si pudiera lo haría él, pero dadas las circunstancias de su enfermedad ha de ser otro quien lleva a cabo su voluntad suicida.

La dignidad radica aquí, en el deseo y la voluntad -su supone libre- del enfermo que ejerce su autonomía y ello es lo que justifica que otro acabe con su cuerpo moribundo y enfermo, antes que permanecer con vida ante un caso considerado de humillación indigna.

A partir de aquí la cuestión que cabe plantear es si la autonomía es plena al formular tal petición y si se es libre, en ese contexto de miedo y amenaza de deterioro físico y psíquico. Otra cuestión que tampoco queda clara es si el médico tiene que someterse a la voluntad del paciente sin más. En cambio, como afirman algunos, los escasos pacientes que suplican la muerte (según diversas estadísticas y experiencias de médicos) parece que están implorando no un real deseo de morir -o ser matado por otro-, sino dejar de sufrir dolor y angustia, ser tratados como personas, cuidados con dignidad y queridos en los últimos momentos de la vida[3].

Santo Tomás y el suicidio

Santo Tomás, siguiendo a san Agustín, considera que en el precepto divino de «no matarás» está implícita la prohibición de matarse uno a sí mismo. Aunque en esto no es innovador, si señaló la estrategia a seguir en los futuros debates: la relación del sujeto consigo mismo, la relación del sujeto con la comunidad en la que ha desarrollado su existencia y, la relación del sujeto con Dios. Matarse constituye en esencia un incumplimiento total del supremo mandato: me desprecio a mi mismo, desprecio a mi comunidad y en última instancia – y como consecuencia- desprecio a Dios. Así pues, para santo Tomás, la vida no es nuestra, no nos pertenece, ha sido dada por Dios, somos criaturas y aunque tenemos la libertad de matarnos y matar a otros, el poder ético de la muerte y de la vida no nos pertenece. Este poder del libre albedrío no es absoluto, pues curiosamente en este transito de lo peor a lo mejor, es decir, de esta vida a la otra, no tiene el hombre ninguna potestad. Además, la muerte es el peor de los males, luego no tiene sentido desear el mayor mal para alcanzar un bien. Para Santo Tomás, por todo ello, la gravedad -si es libre y no un mero arrebato psicológico- se encuentra en que priva a quien la ejecuta del tiempo necesario para el arrepentimiento de este atentado perpetrado contra el amor a Dios, al prójimo y a sí mismo[4].   

El modelo eticista moderno frente al modelo ontologista cristiano de dignidad

No cabe duda que el planteamiento que hoy se está realizando de la muerte digna, responde a un modelo de dignidad que como hemos visto, se basa en la propia autonomía. Esto se da sobre todo a partir del siglo XVIII, sobre todo con Kant, que apunta hacia nuevos intentos de fundamentación ética de la dignidad de la persona al margen de la ontología.

Para Kant, el hombre es capaz de proyectar fines para su existencia haciendo uso de su libertad, es inteligente y racional, el único ser del universo responsable de sus decisiones y del seguimiento o incumplimiento del deber que le dicta su conciencia. Esta es su grandeza y su dignidad. El hombre, por todo ello, no tiene precio sino dignidad y debido a dicha dignidad, puede obrar moralmente.

Ahora bien, según esto, la dignidad está ligada sin más a la existencia y desarrollo de determinadas cualidades morales (autonomía, imputabilidad, responsabilidad). La personalidad moral dependerá de la libertad de un ser racional sometido a leyes morales de donde se desprende y queda claro que «una persona no está sometida a otras leyes que las que se da a sí mismo»[5].

Esto plantea un problema, que seguramente no estaba en la intención de Kant, pero que sin duda, plantea serios impedimentos a la consideración de «personas» a aquellos enfermos mentales o en estado vegetativo permanente, inconscientes y terminales que ni son libres ya, ni se les puede imputar acto moral alguno.

Esto no es nuevo del todo pues, la cultura clásica, concretamente en el modelo intelectualista griego, la dignidad del hombre (no del individuo particular o de la persona concreta) sería proporcional a su capacidad para pensar y conducir la propia existencia desde la razón, dado el papel predominante del ejercicio de la razón como específico de lo humano.

Ahora bien, el cristianismo irrumpió en este contexto con una aportación cultural a la filosofía y especialmente a la metafísica, antropología y ética, con una novedad, como es el concepto de persona. Su origen y contenido responde a las reflexiones teológicas en torno al misterio de la Trinidad (tres personas distintas y una misma naturaleza) y en torno al problema cristológico de la encarnación de Dios en un hombre concreto, Jesús de Nazaret, con una naturaleza humana y divina, por ello es persona e Hijo de Dios, es decir, Palabra de Dios hecha carne.

Estos problemas teóricos de la primera reflexión teológica y cristológica contribuyeron a constatar que el hombre no solo es «un ser humano», sino que es «persona», por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, quien en tanto que ser relacional que ama y se comunica con los hombres, en tanto que ser inteligente, libre, creador etc. es esencialmente y en el sentido mas pleno «persona». Dios es persona y cada hombre, en tanto que llamado a la existencia gracias a la intervención de Dios, es también persona: ser relacional, amante, comunicativo, inteligente y libre. Pero todo ello de forma limitada y finita ya que es «imagen y semejanza de Dios» y por tanto distinto de Dios, es decir criatura de Dios.

Si Dios está en el origen de cada ser personal, su destino será también divino, esto es llamado a la vida eterna, a la inmortalidad, a estar con Dios, que es por tanto un Dios de vivos y no un Dios de muertos (Lc 20,38) más allá de esta vida mortal. La persona posee por tanto, una dignidad tan incondicional e inherente a su naturaleza creada, que no puede ser destruida ni siquiera por la muerte, sino que mas bien, por su origen y destino, cada persona tiene un valor sagrado que nadie puede poner en entredicho, y ello por el mero hecho de ser persona, esto es, imagen de Dios-personal.

En definitiva, según este modelo, hay una conexión entre el acto creador de Dios y la naturaleza de la persona individual, por lo que la dignidad le es intrínseca, no es algo que le sobreviene o puede dejar de sobrevenir. Evidentemente, esto ha tenido y seguirá teniendo también implicaciones éticas y morales, concretamente en lo referente a la comprensión de la vida y de la muerte y exactamente en lo referente al trato de quienes están sufriendo el doloroso proceso del morir humano.

Los cuidados paliativos

Este modelo, que se sostiene en la dignidad intrínseca de la persona humana, es el que está en la base del planteamiento de los cuidados paliativos frente a la eutanasia.

El objetivo principal de los cuidados paliativos es que una vez que ya no es posible aplicar un tratamiento curativo, se consiga aliviar aquellos síntomas que originan graves sufrimientos y dolores a los enfermos terminales.

Los cuidados paliativos ofrecen un sistema de soporte para ayudar al paciente y su familia a adaptarse durante la enfermedad y en el duelo. De esta forma no solo se mejora la calidad de vida, sino que se puede influir positivamente en el curso de la enfermedad.

Estos cuidados, incluyen la posibilidad de realizar una sedación, que supone pérdida de consciencia, en diferentes grados según las necesidades de cada circunstancia, de modo que puede hablarse de sedación transitoria, paliativa o terminal según las características, lo que supondrá una disminución de la conciencia en los pacientes en diferentes grados y, consecuentemente, resultarán reversibles o irreversibles. Pero este caso, el propósito del médico es reducir el dolor y no matar al enfermo, por lo que no podemos hablar propiamente de eutanasia, que sí persigue intencionadamente, de forma directa, la muerte solicitada por el paciente.

No es tampoco eutanasia indirecta ya que no es la muerte lo que se pretende sino el aplacamiento del dolor. Si no es posible reinstaurar la salud ni curar, se ha de buscar al menos cuidar al enfermo, lo que implica buscar la ausencia del dolor innecesario, aunque lleve consigo como efecto secundario -y por tanto, lícito moralmente-, una abreviación de la vida. En cambio, en la eutanasia considerada como «muerte digna» no solo interviene la autonomía del paciente sino la intención de matar por parte del agente médico.

Si bien la analgesia, desencadena en la mayor parte de los casos una «muerte digna», aquí el paciente es tratado hasta el último momento como un ser humano portador de dignidad intrínseca e incondicionada. El paciente terminal, si ya no puede ser curado, ha de ser cuidado de tal modo que los dolores físicos y sufrimientos psíquicos puedan ser reducidos lo más posible, dignificando así su proceso irreversible de morir, lo cual es totalmente diferente de la eutanasia, en la que se presupone que la vida del paciente carece de calidad y su ser persona de dignidad suficiente como para seguir viviendo.

En el caso de la analgesia, el enfermo o su vida precaria no han perdido un ápice de su dignidad. Al revés, su debilidad y dependencia le han convertido en una persona merecedora de mayor dignidad y llamada a ser tratada de modo exquisito a través de cuidados especiales y personal adecuado, de forma que pueda sentirse querido y respetado hasta el último aliento.

Aquí, el significado de «muerte digna», cambia con respecto al otro modelo que hemos contemplado y en el que se instala la futura «ley de eutanasia». Aquí, en cambio, el paciente jamás pierde dignidad y su vida nunca carece de valor ante sí ni ante los demás. Aquí la dignidad no depende de la capacidad para ejercer determinadas facultades intelectuales o morales, sino que le es intrínseca al propio ser humano, sea cual sea su circunstancia o su estado físico o psíquico.

Podemos ver así la diferencia entre un modelo y otro. En uno, la consecuencia es la eutanasia como resultado de la autonomía del paciente. En el otro, el resultado es la analgesia, como resultado especial de la persona débil.

En el caso de que, de la analgesia, se derive un acortamiento de la vida, nos encontraríamos ante el principio de doble efecto, que la Teologia católica ha asumido como justificación moral de males no buscados.

Según este principio, lo que se persigue es el efecto bueno, aunque para ello tenga que tolerarse el malo. Aplicado al caso que nos ocupa, no es lo mismo que un médico suministre un potente analgésico a un enfermo terminal con intención de aliviar un sufrimiento, aunque ello pueda acortar la vida, que el médico suministre una sobredosis de droga para aliviar con la muerte el sufrimiento del paciente.

Conclusión

Decir que toda persona tiene derecho a una muerte digna, nos lleva al plano del derecho, cuando en realidad nos encontramos ante una exigencia ética, es decir, que no existe el derecho a morir como tal, lo que si existe es el derecho a morir de una determinada forma en la que la persona se sienta atendida y acompañada hasta el final. De lo contrario entraríamos en una pendiente resbaladiza con respecto a los pacientes con discapacidad crónica grave, que no pueden considerarse en el estadio final de su vida, pero también con respecto a los pacientes terminales.

La eutanasia, desprovista, así, de todo sentido trascendente y limitada a la voluntad de la persona que ve mermada su dignidad, se mostraría abiertamente como un homicidio legal. 


[1] Enrique Bonete Perales, Libres para morir, en torno a la tanato-ética, Desclee, Bilbao, 2004, 24. 

[2] En sentido estricto es: la acción directa de un agente (médico, personal, sanitario, principalmente) que tras la reiterada petición de muerte indolora por parte de un paciente en posesión de sus facultades mentales y que está sufriendo una enfermedad incurable, dolorosa y terminal, busca poner fin a su vida con procedimientos letales.

[3] Véase: Enrique Bonete Perales o.c., 160.

[4] Es absolutamente ilícito suicidarse por tres razones: primera, porque todo ser se ama naturalmente a sí mismo, y a esto se debe el que todo ser se conserva naturalmente en la existencia y resista, cuanto sea capaz, a lo que podría destruirle. Por tal motivo, el que alguien se dé muerte va contra la inclinación natural y cintra la caridad por la que uno debe amarse a sí mismo; de ahí que el suicidarse sea siempre pecado mortal por ir contra la ley natural y contra la caridad. Segunda, porque cada parte, en cuanto tal pertenece al todo; y un hombre cualquiera es parte de la comunidad y, por tanto, todo lo que él es pertenece a la sociedad. Por eso el que se suicida hace injuria a la comunidad, como se pone de manifiesto por el Filósofo en el libro V de la Etica a Nicómaco. Tercera, porque la vida es un don divino dado al hombre y sujeto a su divina potestad, que da la muerte y la vida. Y por tanto, el que se priva a sí mismo de la vida peca contra Dios, como el que mata a un siervo ajeno peca contra el señor de quien es siervo; o como peca el que se arroja la facultad de juzgar una cosa que no le está encomendada, pues sólo a Dios pertenece el juicio de la muerte y de la vida según el texto de Dt 32,39: «yo quitaré la vida y yo haré vivir». ST II-II c. 64, a 5 BAC, III (a), Madrid, 1990, 533-535

[5]  I. Kant, Metafísica de las costumbres, VI, 223, Tecnos, Madrid, 1989, 30.

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