Domingo 22, T.O. ciclo A

Dios elige a sus enviados, pero no les exime de sus riesgos, aunque los protege. Desertar de la misión profética es como querer apagar en su propio corazón el ardor de la llama divina: es imposible y Dios sale victorioso en el corazón del profeta.

La primera lectura tomada de Jeremías 20,7-9, nos presenta los desahogos de un profeta apasionado por su Dios y que experimenta las contrariedades, oposiciones, persecuciones, encarcelamientos y desprecios que le aporta la misión; pero que conoce también la fuerza íntima de la Palabra que se le ha encomendado y tiene una especial confianza en ella, de modo que su fuerza es superior a las dificultades. Dios le ha permitido saborear el fracaso en el ministerio hasta el final; pero el final definitivo y más profundo es el rostro de un Dios amoroso que ama a su pueblo y quiere su salvación, por medio de la Palabra proclamada y creída.  

La misericordia divina es el motor del plan salvador de Dios. En la segunda lectura de Romanos 12,1-2, en nombre de la misericordia de Dios, Pablo anima a los hermanos en la fe para que le den a la vida una dimensión sacra y sacrificial. El culto cristiano verdadero implica contemplar y valorar la corporeidad humana de otra forma más auténtica y más acorde con su ser imagen y semejanza de Dios y miembros vivos de Cristo Jesús. La corporeidad humana queda así, insertada en el culto y con ella todo el comportamiento humano se convierte también en expresión de ese culto; un comportamiento según la voluntad de Dios, al que agrada, lo bueno, lo perfecto, lo que se realiza en el marco de la Alianza con su pueblo y en el marco de la experiencia y enseñanza de Jesús. Ello supone un encuentro más vivo con los demás y una transformación de la mente (pensamientos, quereres y sentimientos) para hacer posible no solo nuestra transformación, sino la del mundo entero llamado a entrar así, definitivamente, en el culto eterno, en la ciudad celeste, cuando toda la Creación quede liberada del pecado y de la muerte.

En el Evangelio de Mateo 16,21-27, Jesús vuelve a lo genuino de su misión, al verdadero sentido del Mesías en los planes de Dios, a las Escrituras, es decir, al camino del sufrimiento sustitutivo del Siervo. Pedro que no lo entiende se escandaliza. No entiende el proyecto de la cruz, no entiende que en la debilidad de la cruz se manifieste el poder soberano y amoroso de Dios por la humanidad caída. Pedro debe saber que por sí solo no alcanza a comprenderlo y que Satanás tiene sumo interés que ese proyecto sea entendido como insensato, irracional e inaceptable. Ahora es Pedro el que se alía con el tentador, pero la razón estará de parte del Padre que ama a la humanidad hasta la entrega del Hijo.

Cristo, figura del profeta perseguido, nos muestra el verdadero camino de la salvación que pasa por la entrega de sí mismo y en esa ofrenda, realizada en la cotidianidad de la vida, es donde el hombre celebra el auténtico culto espiritual.     

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