La Axiología en Manuel García Morente

José Antonio Heredia Otero

Facultad de teología de San Vicente Ferrer

Valencia

¿Qué es Axiología?

La palabra axiología, se ha tomado del griego. Se traduce por: ciencia de los valores. Logos significa ciencia o doctrina y axios, significa valioso o digno de estima. Una palabra cercana es axis, que denota el eje de un carro. Se ha sugerido que quizá axios, se derive o provenga de axis, así como la rueda de un carro gira sobre su eje y está centrada en él, toda la vida humana gira alrededor de los valores. No sabemos si efectivamente la evolución de las palabras fue esa pero es cierto, que los valores dan sentido a la vida humana.  De ahí  la convicción de que estamos en este mundo para realizar los valores, para vivirlos, para incorporarlos a nuestra vida. Si lo hacemos así, nuestra vida será colmada, plena, feliz, nos sentiremos realizados y si no ponemos por obra los valores, nuestra vida será un fracaso, una constante frustración, tanto en el aspecto personal, como en el social.

Algo básico a considerar en el tema de los valores es que un debe-ser nunca se deriva a partir de un es, como ya enseñó Hume. Es decir, que lo que se debe hacer nunca se deduce a partir de lo que la gente hace.

Así pues, el valor es lo que está llamado a ser o dicho de otro modo: lo que debe ser.

Para saber qué actitudes humanas son valiosas o antivaliosas,  es irrelevante lo que haga o no haga la gente en su conducta efectiva. Los valores son conocidos de un modo distinto.

¿Cómo conocemos los valores, lo que debe ser y quizá no es?

Lo primero será reconocer que aunque los valores éticos son los más estudiados, existen además otros valores como los estéticos y los religiosos.

El primero en no derivar el debe de un es, fue Kant, pues pensó que el deber ser, es conocido de un modo directo. Pero Kant, alérgico a todo lo material quiso quedarse sólo con el deber vacío de todo contenido o materia. Ese fue su punto débil.

Scheler[1], comienza su ética criticando el excesivo formalismo de Kant. De hecho para Kant solo existe el deber por el deber y nunca aclaró qué cosas en concreto se deben hacer. Su máxima es: «actúa de tal manera que tu conducta pueda ser norma universal.

Scheler,  argumenta en este sentido en contra al decir contra Kant que el que actúa movido por los sentimientos y no por el deber no actúa moralmente, por lo que tacha a Kant de fariseo, pues no busca más que su propia perfección moral.

Scheler habla en este sentido de «intuición axiológica», es decir, lo que captamos es una realidad cargada de valor, concretamente el valor de la solidaridad, luego captamos la materialidad del valor y junto a él el deber ser. No captamos un deber ser vacío, sino un deber ser adherido a una materia previa.

Así pues, si debemos a Kant el aspecto formal de la axiología, y debemos a Scheler el lado material del conocimiento de los valores.

Ahora bien, los valores son percibidos a priori, poseen contenido o materia. Un acto de valentía es visto como completamente distinto de un acto de justicia. En ellos lo formal es igual pero lo material es diverso. Es más, lo primero que vemos es lo material y solo en un segundo momento captamos la obligatoriedad, el deber ser.

Junto a Scheler, otra gran figura es la de Nicolai Hartman[2]. Este, distingue el lado ontológico, o sea, los hechos físicos, biológicos y psíquicos implicados en la acción  y el lado axiológico, o sea, el valor que aparece por encima y a parte de lo ontológico . Las acciones pueden ser iguales en lo ontológico pero distintas en lo axiológico. Por ejemplo: dos personas pasean por el muelle. Una da un empujón a la otra, cae al mar y se ahoga. En el caso de que la acción sea premeditada es un asesinato, si no es así, se trata de un accidente. La intuición sensible capta lo que es, ocurre o pasa,  mientras que la intuición  axiológica capta lo que debe ser, pero que no es; en este caso, el respeto a la vida.

Pensemos que nos encontramos a mediados del siglo XX, en el que hay una eclosión de estos temas. En España destaca: Ortega, Garcia Morente y Zubiri. Hoy ya no se habla tanto de todo esto. Es por lo que después de un largo silencio axiológico, creemos que es importante no pasar por alto el tema.

El conocimiento de los valores.

Existe la lógica o conocimiento formal. Aquí no hay intuición material sino sensible que lleva al descubrimiento de leyes lógicas que son verdades válidas en todo mundo posible y por tanto también en el nuestro. La ciencia se basa en este conocimiento.

Existe la intuición intelectual, no sensible, que capta las esencias de las cosas (metafísica). Donde esta intuición lógica es operativa, esto es en la captación de  un ser vivo como substancia independiente. En la materia inerte no hay susbstancias, pues no hay acción, sino interacción. El sol por ejemplo atrae la tierra, pero también es atraído por esta. Sólo en los seres vivientes cabe hablar de acción. La sustancia más perfecta es en este sentido, la persona humana.

El metafísico no puede seccionar la vida, como hace el estudiante de anatomía. Es una intuición sintética, totalizante. Lo que capta es la substancia o vida independiente.

Pero tenemos también la intuición axiológica, que no se dirige a lo que es, sino a lo que debe ser, o materia valiosa y que el ojo axiológico percibe en la conducta humana.

Esta intuición que es propia de la axiología, se dirige al valor, que debe ser y puede que no sea. No es, pero debe ser. En esto se distingue la intuición axiológica de la sensible y óntica. Estas dos se dirigen a lo que es. Si algo no está delante de nosotros, no podemos percibirlo, ni como cualidad sensible, ni como substancia. En cambio el objeto de la percepción axiológica es visto aunque carezca de esa realidad que es propia del conocimiento físico o de la especulación metafísica.

Así pues la axiología adquiere plenitud epistemológica cuando se reconoce el carácter independiente aunque  peculiar de la intuición material de los valores. Esta fue la conquista  de Scheler.

La intuición material de los valores.

Lo que normalmente llamamos la voz de la conciencia, es lo que tanto Scheler como Hartman han venido a designar como ese ojo axiológico que ve lo que debe ser y lo que debe no ser.

Ahora bien, en la intuición de los valores nuestra conciencia se equivoca muchas veces,  lo cual no es de extrañar dado lo comprometido del conocimiento práctico. Sentimos la tentación de tranquilizar nuestra conciencia, de convencernos que lo que hicimos estuvo bien hecho….

De este modo, vemos en personas que defendieron su conciencia como por ejemplo Tomás Moro, no nos fijemos ahora si de forma certera o errónea, cómo se da la dignidad de lo que debe ser, sobre la presión social o las ventajas personales   que pudieran lograrse en un desgarrón de la conciencia. Podemos hablar en este sentido de héroes axiológicos, en cuanto que captan con auténtica claridad el valor que debe ser.

Existe por tanto el razonamiento axiológico que tiene como elemento formal la lógica, al igual que en cualquier otro apartado del saber.

Aquí la lógica se aplica sobre la información proporcionada por la conciencia, que aprueba, desaprueba o prefiere. Nos acercamos a la verdad en la  medida en que razonamos con lógica sobre esos datos.

Por lo general, la intuición se dirige hacia el valor. De hecho, cuando vemos la conducta justa de alguien, la aprobamos.

Cuando se trata de nuestra propia conducta, la intuición o voz de la conciencia es aún más incisiva. El caso será más agudo cuando mi conciencia arguye que soy culpable, aun cuando el crimen no haya sido descubierto ni es probable que lo sea o haya reportado ventajas o todos me tengan como una persona ejemplar, la conciencia no deja de remorder.

Aquí se observa el máximo de tensión entre lo que es y lo que debe ser. Lo que es, es evidente: el bienestar que me trajo el crimen, el dinero abundante que poseo, la estima y consideración por ser rico, los negocios florecientes con el dinero robado etc. Pero lo que debe ser, ahí está resonando en el interior continuamente y aparece entonces la culpabilidad que axiológicamente, no es sino la intuición del valor que brilla en toda su proverbialidad.

También la intuición aparece en los llamados conflictos de valor. Pero aquí tenemos como criterio el valor y la fuerza. Algo que comentaremos más tarde.

Así pues, por muchas veces que nuestra conciencia se equivoque o por grande que sea el embotamiento de las conciencias a causa de los vicios y perversiones morales, no por eso los valores objetivos dejarán de estar al alcance de cualquiera que busque inteligentemente la verdad ética con imparcialidad y coherencia. En axiología es posible el encuentro con la verdad.

Jerarquía de valores

Scheler, sobre todo en su primera etapa como creyente, puso en Dios lo más alto de  la escala de valores  como el valor supremo.

Por otra parte hay esferas de valor que desde siempre se han considerado independientes e irreductibles. De un modo o de otro, todos los autores reconocen como distintos los valores económicos, éticos, estéticos y religiosos. Otros prefieren hablar de lo útil, lo bello, lo bueno y lo santo.

Scheler habla en este sentido de «altura» de los valores. Esto es: los valores se ordenan según la jerarquía dada por su dignidad o excelencia intrínseca. Lo santo es en este sentido, lo más alto, pues es lo propio de Dios, fuente de toda valiosidad. Y lo útil sería lo más bajo ya que este valor no vale por sí mismo sino por su instrumentalidad o utilidad para alcanzar los verdaderos valores valiosos por sí mismos. Los valores religiosos y económicos ocupan por tanto el extremo superior e inferior de la escala.

Entre estos dos extremos estarían los valores estéticos y éticos.

La altura en Scheler mide la mayor o menor proximidad a Dios, fuente de todo valor y de todo estrato valioso. La valiosidad es descendente pues Scheler considera que lo santo da valor a lo bello, lo bello a lo bueno y finalmente lo bueno a lo útil. Según Scheler, los valores valen porque Dios es al mismo tiempo el valor supremo o más alto y el valor de los valores.

Ahora bien para Hartman, lo importante no es la altura sino la fuerza, es decir, que los valores inferiores son los que fundamentan los superiores. En este sentido es como la valiosidad va de abajo arriba.  Fuerza es por tanto prioridad valiosa. Para Hartman, el robo es malo porque lo robado tiene un valor económico y el valor económico es el más fuerte.

Dicho de otro modo lo más bajo en la escala de Scheler es lo más fuerte para Hartman que es lo económico y lo más alto para Scheler, que es lo religioso, es lo más débil para Hartman.

No es que exista una especie de Dios negativo para Hartman. No hay Dios, ni positivo ni negativo. La escala se prolonga hacia abajo y hacia arriba con nuevos estratos valiosos, desconocidos, eso sí, para nosotros y por el momento, aunque quizá sean descubiertos en el futuro. Los hombres  no iluminan toda la escala con su intuición axiológica, sino siempre fragmentos de ella, según las épocas. La escala es objetiva pero nuestra visión de ella varía según las diferentes culturas y tiempos. Así es como explica Hartman la cuestión del relativismo moral.

Vemos que tanto Scheler como  Hartman nos ofrecen valiosas indicaciones. Scheler se fija en el mayor mérito o dignidad intrínseca de los valores. De este modo, un acto de gratitud es más alto que un acto de justicia. La gratitud no puede ser exigida, no puede ser reclamada. El acto de agradecer es espontáneo y por eso mismo más meritorio que la entrega de lo estipulado por un contrato. Nos produce más alegría interior el agradecimiento por un favor, que quizá habíamos incluso olvidado que incluso el obtener un crédito a nuestro favor.  Así pues, para Scheler es más alta la gratitud que la justicia.

Hartman, en cambio percibe la fuerza más en los antivalores. Un asesinato es peor que un robo. Un robo es peor que un insulto. Un insulto es peor que una simple ingratitud. Y luego traspasa esta propiedad a los respectivos valores. El respeto a la vida es más fuerte que el respeto a la propiedad: Este más fuerte que el respeto a la buena fama. La gratitud aparece cuando todos los valores de respeto han sido vividos.

Lo ideal será no contraponer altura y fuerza sino componerlas.

Un ejemplo nos puede ayudar: En un accidente perecen el marido y los dos hijos: solo la madre puede salvar la vida en el quirófano, y esta pregunta al médico: ¿están vivos mi marido y mis hijos? El médico se enfrenta a dos valores en conflicto. Decir la verdad es acabar con la vida de la mujer. Mentir puede salvarla. Entre el valor de la veracidad y el valor del respeto a la vida, se inclinará por éste último que en la terminología de Hartman es el más bajo y el más fuerte.

En el sistema de Scheler, lo más alto es lo más valioso. En cambio en el sistema de Hartman lo más bajo es lo más valioso.

En definitiva y esto será lo importante, los valores que percibe nuestra conciencia son objetivos y nunca subjetivos, como han creído los subjetivistas. Estos valores están al alcance de cualquier inteligencia.

García Morente y el encuentro con lo realmente valioso

D. Manuel García Morente fue uno de los más importantes pensadores de la primera mitad del siglo XX. Catedrático de ética y conferenciante brillante por su profundidad y elocuencia, tuvo un gran prestigio nacional e internacional[3].

Este ahora olvidado filósofo, español, venía de aquella escuela filosófica alemana de finales del siglo XIX que se llamó neokantismo. Al revés de Kant, que aunque no era cristiano sin embargo se declaraba teísta, los neokantianos proclamaban a los cuatro vientos su pretendido ateísmo. García Morente, fue un genio precoz. Hijo de un médico descreído y de buena posición social nació en Arjonilla, Jaén. Para que su madre no influyera en él y evitar que le instruyese en la fe cristiana, su padre lo mandó a estudiar el bachillerato en Francia. Al terminarlo vino a Madrid a la universidad central como se llamaba entonces. La única que había en Madrid. Terminada brillantemente la carrera de filosofía y letras como en aquella época se decía, fue enviado a ampliar estudios a Alemania donde entró en contacto con los neokantianos. Allí se hizo ateo, si es que no lo era ya de antes. Volvió convencido de que todo tanto en el reino de la naturaleza como en el reino de los valores podía explicarse sin recurrir a la noción de Dios. Al ganar por oposición la cátedra de ética en la central, pudo decir con orgullo que era el catedrático más joven de España, tenía 25 años. El y Ortega eran las dos lumbreras intelectuales de la universidad central. En medio de muchos azares durante la guerra civil y cuando estaba exiliado en París, tuvo una experiencia íntima que cambió su vida, hasta el punto de hacerse sacerdote, pues había enviudado y sus dos hijas ya se valían por sí mismas. Era íntimo amigo de Ortega, pero éste le retiró el saludo cuando García Morente, se ordenó de sacerdote poco después de terminada la guerra civil. Murió un año y medio después de su ordenación en 1941, pues bien, en un trabajo escrito ya en su última época titulado: ensayos sobre el progreso, García Morente define el progreso justo como un progreso en valores.

Como  ya se ha indicado, a partir de una serie de acontecimientos dolorosos de la España que le toco vivir experimentará un cambio. El desencadenante fue la perdida de los seres que más ama.  El 28 de Agosto de 1936 es asesinado en Toledo su yerno por el que sentía un gran cariño, respeto y admiración. Como el mismo relata: «Cuando me dieron la noticia de su muerte caí desvanecido al suelo…Por mi imaginación desfilaban ya toda clase de muertes…veía a mi hija también asesinada, a mis nietos arrebatados. La angustia me oprimia»[4].

Esto le va a condicionar poderosamente: «La tragedia de mi pobre hija, viuda a los 22 años, con dos hijitos, trastornó por completo mi pensamiento, mis sentimientos, mi vida entera…en mi casa reinaba el silencio trágico de la angustia y el terror…Los milicianos vinieron a llevarse al hijo mayor de nuestros vecinos de piso. Fue a la cárcel y más tarde lo asesinaron en Paracuellos…Con el corazón encogido contábamos los escalones que subían los asesinos, y cuando habían pasado nuestro piso lanzábamos un suspiro de satisfacción: ¡La muerte iba a otra casa!»[5].

Fue este el primer eslabón de una cadena de desprendimientos. Forzado por el gobierno republicano tiene que dejar la Universidad, su cátedra de ética, hasta que el 2 de octubre de 1936 sale de España camino de Paris, ante el aviso anónimo de que estaba amenazado de muerte.

En Paris experimenta la pobreza y  la humillación al tener que vivir de limosna y mendigar ayuda para poder subsistir. El que lo tenía todo, está ahora envuelto en una pobreza moral y material hasta ahora desconocida. «Llegue a Paris sin dinero y con el alma transida de angustia y de dolor, y además corroída por preocupaciones de índole moral: ¿había hecho bien en abandonar mi casa y a mis hijas y ponerme egoístamente a salvo…? Mi conciencia unas veces me acusaba de fugitivo y cobarde y otras me absolvía …son datos útiles para juzgar …el estado de ánimo en que iban poco a poco sumergiéndome los acontecimientos»[6].

A partir de aquí entrará en una crisis intelectual espiritual y humana. Será como un volver a interrogarse sobre el sentido de la vida: «En realidad ya estaba pensando no en mí, particularmente, sino en la vida humana en general a través de mi caso particular»[7].

Finalmente, un encuentro sobrenatural, transformará su existencia y proyectará su vida entera hacia nuevos horizontes. El describe este acontecimiento: «en la noche de 29 al 30 de abril  de 1937, aproximadamente a las dos de la madrugada»[8].

El gran intelectual quedó embargado por una convicción profunda y viva: Dios existe, Dios es amor. A partir de ahí su vida cambia y también su pensamiento. A partir de aquí podemos hablar también de García Morente como uno de los precursores de la Axiología o ciencia del valor, como podremos observar.

Así, puede llegar a decir a su hija: «…. Todos los trabajos y esfuerzos, todos los estudios, enseñanzas, prácticas, obediencias, mortificaciones, ejercicios, no son sino medios eficaces para disponer el alma al trato real  con Dios que tenemos en la oración»[9].

Y su cátedra ahora será otra: «Cada día siento más profundo el afán de servir a Dios en el altar, de ayudar a las almas a conocerle y amarle, de procurar la iluminación de los ciegos, de propagar la santísima y tan consoladora verdad de Cristo, de oponer a las teorías de odio y lucha las sentencias nacidas del más puro amor, y a las concepciones de un universo imposible, helado e inhumano, la fe cálida que en todo ve una palpitación de infinito amor y perfección»[10].

Del rechazo ha pasado a la convicción de que Dios da sentido a la vida y fundamenta toda la ética de valores, pues el hombre no encuentra base suficiente para fundamentar la verdad de las cosas en sí mismo.

La Axiología de García Morente

Antes de su conversión, García Morente es buen conocedor de Scheler, como tantos otros intelectuales de su época; pero al prescindir estos autores del deber ser, ya que aceptaron la crítica al formalismo kantiano, estaba eliminando el pilar formal de la teoría de lo valioso. De hecho Ortega afirma: «Los valores son un linaje peculiar de objetos irreales que residen en objetos reales como cualidades sui generis»[11].

Gracia Morente conocía e hizo suya esta definición. Ahora bien, si los valores son inseparables de sus soportes, no cabe derivar de ahí ningún deber ser que pueda intimar nuestra conciencia pues seguimos estando en el «es, luego debe».

Pero curiosamente, García Morente veía en los valores algo mucho más formidable, a saber: los fines que dan sentido a la vida humana.

Tal es, que llega a decir: «el progreso es la realización del reino de los valores por el esfuerzo humano»[12].

Los valores son por tanto, los cimientos de tamaño edificio y estos cimientos deberán ser por tanto fuertes. Esto ya indica su apertura a una fundamentación de más fuste y esto es lo que vemos tras su conversión, cuando realmente es consciente ya de que los valores hay que ponerlos en último término en Dios si es que verdaderamente «deben ser».

El fundamento último de todo lo valioso no puede estar en supuestos soportes de este mundo. Más aún, sólo cuando fundamentamos los valores en Dios pueden resonar en el interior de nuestra conciencia moral como una voz que viene de lo alto, y nos intima en lo más profundo de nuestro ser con una fuerza que nada de este mundo posee. De este modo es como García Morente puede dejar atrás el esquema: «es luego debe ser».

Unas palabras suyas nos pueden ayudar: «El hombre es la única cosa creada (en la tierra) que tiene inteligencia, es decir, conciencia de su propio ser y de su fin, y libertad, es decir, posibilidad de hacer o no hacer lo conveniente o disconveniente para la consecución de su fin …  El uso de las cosas por el hombre está condicionado. No puede ser absoluto, puesto que sólo el Creador tiene absoluto derecho sobre todo lo creado. ¿Qué norma para dicho uso? Evidente: el fin del hombre. Las cosas pueden ayudar al hombre a conseguir su fin. Úsense entonces y precisamente para la consecución del fin ¿Pueden estorbar las cosas a esa consecución? Entonces no se usen; es más, apártese de ellas el hombre. Pero sucede que las cosas (su espectáculo, su manejo, su posesión) pueden despertar en nosotros afecto, apego, pasión por el placer que nos proporcionan; o despego, aversión desafecto por el dolor que nos causan. Pues bien ese placer y ese dolor son accidentes secundarios y de ninguna manera pueden considerarse como fines. Así cuando usamos, poseemos o contemplamos algo por el placer que ello nos causa, sustituimos nuestro fin por el afán de deleite. Entonces usamos las cosas no en tanto en cuanto nos conducen al fin propuesto, sino en tanto en cuanto proporcionan placer. Ponemos nuestro propio placer en el lugar que corresponde a Dios. Todo el universo queda con esto trastocado, deforme, monstruoso. Nuestra alma rompe la armonía de sus proporciones. El afán de deleite nos desvía de la persecución del único valor absoluto. Ello equivale a renunciar a nuestro fin y renegar de nuestro esencial destino»[13].

Desde aquí podemos entender un poco mejor y como resultado de toda su trayectoria, su decisión de hacerse sacerdote.

Su conducta fue ciertamente la de un enorme héroe moral, pues recibió bofetadas por la derecha y por la izquierda, y siempre sin protestar ni responder.  Algunos se ensañaron con él acusándole de despreciable chaquetero que quería medrar en la nueva situación política. Incluso en la Iglesia, la mayoría de los obispos recelaban de una intempestiva vocación al sacerdocio, para la que no veían motivos proporcionados. Sólo su antiguo y leal amigo, conocido de antes de 1936, el Obispo de Madrid  Eijo y Garay, le defendió con firmeza y desde el primer momento. En el bando opuesto, Ortega y los demás compañeros de la Institución Libre de Enseñanza le retiraron el saludo. Después de Ortega, Morente era considerado el segundo en la Institución, por su prestigio académico y su labor como Decano de la Facultad de Filosofía en la Ciudad Universitaria de Madrid, construida bajo su mandato. Su ordenación sacerdotal fue considerada por los intelectuales de izquierda como una miserable traición y una afrenta imperdonable.   Lo más admirable de Morente es que nunca se defendió ni de unos ni de otros. Y mucho menos declaró a nadie la razón profunda por la cual se ordenaba sacerdote. Esto sólo se supo cuando G. Lahiguera entregó el manuscrito, que ya hemos comentado y conocido como «El hecho extraordinario».


[1] su obra más famosa El formalismo en la ética y la ética material de los valores (1913-1916), un tratado en dos volúmenes que intentan dar un nuevo fundamento personalista a la ética, desde este nuevo fundamento se critica el enfoque ético meramente formal del filósofo alemán Emmanuel Kant y lo cambia por un estudio de los valores en cuanto contenidos específicos de la ética.

[2] En 1926 publicó su obra Ethik, en la que daba mayor consistencia y rigor a la idea fundamental de Scheler

[3] Para el acercamiento a la persona y obra de Manuel Garcia Morente, es importante la obra de: Carlos Barres Garcia: Un viajero hacia el infinito, Borealia, Barcelona, 2005.

Las obras de Manuel Garcia Morente, las encontramos en: Manuel Garcia Morente , Obras completas, Edición de Juan Palacios y Rogelio Rovira. Coeditan: Fundación Caja Madrid, Madrid-Editorial Anthropos, Barcelona,I-IV ,1996.

[4] El hecho extraordinario (borrador manuscrito de la carta enviada a Don José María García Lahiguera en setiembre de 1940) en O.C.  II/2, p.416. En adelante: H.E.

[5] H.E. p.416.

[6] H.E. p.417.

[7] H.E. p.202.

[8] H.E. p.415.

[9] Carta a su hija Carmen, en O.C.,II,2 p. 562.

[10] Carta a Monseñor Eijo y Garay , en O.C. II/2 p.544.

[11] José Ortega y Gasset, ¿Qué son los valores? En Obras Completas , T.VI, Revista  de Occidente, Madrid, 1947, p. 316.

[12] Ensayos sobre el progreso, Encuentro , Madrid, 2001, p.57

[13] Diario de Ejercicios espiriuales   (realizados para recibir órdenes menores al sacerdocio en septiembre de 1940, dados  por D. José María García Lahiguera) en O.C.,II/2 p.445.

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