EL CONCILIO VATICANO II Y LA MORAL CRISTIANA

Algunas recomendaciones

José Antonio Heredia Otero, o.p.

Facultad de teología de S. Vicente Ferrer

Valencia

  1. METODOLOGÍA

En el 2005, el papa Benedicto XVI en su discurso a los cardenales, por los cuarenta años del Concilio se preguntaba: « ¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil?»

Y responde: «todo depende de la correcta clave de lectura y aplicación».

Esto es: «Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos».

Y lo aclara  así:

«Por una parte existe una interpretación que podría llamar «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura»; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la «hermenéutica de la reforma», de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino»[1]

En una palabra: estamos ante un choque hermenéutico. Benedicto XVI, al adoptar la hermenéutica de la reforma frente a la de ruptura ha suscitado toda una una gama de apreciaciones interesantes.[2]

Lo que está claro es que para el Papa la Iglesia siempre ha sido y será signo de contradicción, de ahí que lo importante no es que deje de serlo sino que deje las contradicciones erróneas o superfluas para que así pueda emerger el Evangelio en toda su grandeza y pureza.

Qué duda cabe que esta es la fuerza del Concilio.

Desde esta perspectiva hermenéutica, creo que habrá que leer los grandes textos conciliares y en concreto la Gaudium et Spes. Y su propuesta de diálogo entre la Iglesia y el mundo[3]:

  1. «La Iglesia se siente solidaria del género humano  y de su historia » (no hay nada verdaderamente humano, sobre todo de los pobres y los que sufren, que no tenga resonancia en su corazón» GS 1; «el reino está ya presente en esta tierra misteriosamente; pero se consumará cuando venga el Señor» GS 39.
  2. «La Iglesia debe escrutar los signos de los tiempos » (GS 4 y 11)
  3. «la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre» (GS 16, 19, 26, 43, 52, 76 y 87)
  4. «El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» ( el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que se asocien al misterio pascual de Cristo, de un modo conocido solo por Dios – modo Deo cognito ­ »(GS 22; cf GS 10 y 45)

Especialmente significativo es el texto en el que se describe la situación actual del hombre que se encuentra en un entorno vital mas desarrollado gracias a la ciencia y a la técnica. Igualmente el influjo de la secularización ha hecho que tienda a bastarse a si mismo en la construcción de lo que le rodea; pero a pesar de todo no puede responder a los interrogantes mas inquietantes. En este sentido, la metodología de la reflexión moral que el Concilio considera oportuna es aquella que se apoya tanto en la revelación como en el saber humano

«Siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo y con su ingenio en perfeccionar su vida; pero en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica, ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza, y, con ayuda sobre todo el aumento experimentado por los diversos medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se va sintiendo y haciendo una única comunidad en el mundo. De lo que resulta que gran número de bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los obtiene por sí mismo.

Ante este gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el género humano, surgen entre los hombres muchas preguntas. ¿Qué sentido y valor tiene esa actividad? ¿Cuál es el uso que hay que hacer de todas estas cosas? ¿A qué fin deben tender los esfuerzos de individuos y colectividades? La Iglesia, custodio del depósito de la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral, sin que siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir la luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente emprendido por la humanidad».[4]

Ante este texto, algunos autores han visto una serie de precisiones a considerar:

  • La ética cristiana comparte con las éticas seculares los interrogantes más profundos sobre el significado último de la actividad humana y sobre su calificación moral.
  • La Iglesia reconoce su menesterosidad y pobreza en este terreno.
  • La ética cristiana reconoce la validez de la reflexión filosófica y acepta la normatividad de lo creado
  • Por otra parte, la ética cristiana cuenta con la luz de la revelación: la recibe agradecida y la ofrece generosamente. Una luz que no anula sino que completa y plenifica las exigencias que el hombre ya había recibido por su razón natural.

Ahora bien, la consideración de estos temas aun formulada con una metodología secular  no puede obviar lo específico de la moral cristiana, que es la confesión creyente del hombre nuevo reconocido en el Cristo, en quien reside la plenitud de lo humano y de lo divino, de manera que:

« el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»[5].

  • ENSEÑANZA

Del método brota una fidelidad con una doble escucha para la teología moral: la de la palabra de Dios, que nos ha sido transmitida en los libros sagrados y en la historia.

De la primera se hace especialmente eco el decreto sobre la formación de los aspirantes al sacerdocio Optatan Totius, en donde se afirma:

«téngase especial cuidado en perfeccionar la teología moral, cuya exposición científica, nutrida con mayor intensidad por la doctrina de la Sagrada Escritura, deberá mostrar la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo»[6].

La líneas de la renovación que señala el Concilio hacen un especial hincapié:

  1. Una exposición científica, esto es, un conjunto orgánico, con sus principios, lógica. Coherencia y conclusiones a cerca del comportamiento humano visto desde la fe cristiana. La aportación de la Sagrada Escritura, de la que en los últimos siglos ha estado la moral cristiana, ocupa ahora un lugar preferente.
  2. Así mismo se pide que la Teología moral subraye lo positivo sobre lo negativo. Mas que un empeño por medir pecados, intentará mostrar la excelencia de un camino de perfección, en clave de respuesta a la llamada de Dios dirigida a los hombres por medio de Jesucristo y que no es otra que la llamada a la santidad[7].
  3. Esta vocación ha de tener un marcado carácter eclesial y cristocéntrico si quiere ser responsable. No en vano, los fieles en Cristo reciben de El el ideal y el modelo de hombre, la gracia y la fuerza para realizarlo en la comunidad cristiana. Por otra parte, la que responde también es la comunidad tanto en su fidelidad al Señor como a los hombres.
  4. El concilio considera además que el principio vertebrador de la reflexión moral cristiana ha de ser el de la bondad ética dentro del amor que da la vida, es decir, de la caridad  (Mt 22,34-40; 25,31 ss. De ahí la «la obligación de producir frutos en la caridad»(Lc 13, 6-9).
  5. Esta investigación y enseñanza estará abierta al mundo cuyos «gozos y esperanzas, tristezas y alegrías, especialmente de los pobres» (GS 1) hace suyos la Iglesia.

Pero tras mirar a la Biblia ha de mirar también las otras ciencias, prestando también atención a la investigación que llevan a cabo los hombres.

Aunque el plano de la Teologia moral es diferente al de las ciencias humanas, debe tenerlas en cuenta para que en ella pueda resplandecer la fuerza de su testimonio por encima de la escasa credibilidad.

De esta manera, es como el Concilio ha establecido un itinerario para la Teología moral: por una parte reflexión ando sobre su identidad y sus tareas y por otra, en esfuerzo de diálogo sincero con el mundo. Es decir el de la oferta valiosa de una fe que da vida al mundo[8].

C) EL VATICANO II Y LA VERITATIS SPLENDOR

Este epígrafe bien merece un artículo por sí solo, por lo que será tenido en cuenta para otro estudio.

Me remito por una parte a la afirmación  de un profesor  y por otra parte a las propuestas de otro.

La primera dice así :

«La aparición última de la Encíclica «veritatis splendor», ciertamente sigue la línea conciliar, aunque intentando corregir ciertas tesis que, pretendidamente apoyadas en el Concilio, habían ido creando cierta confusión en los fieles. Pero lo importante en esta encíclica es la fundamentación bíblica de la moral, que por fin se hace patente en un documento de esta categoría»[9].

Las propuestas son las de Alberto Bonandi, en su obra[10] en las que me centraré un poco.

El autor considera que los tres capítulos de la Encíclica, ponen de relieve las adquisiciones, los riesgos y las tareas de la Teologia Moral reciente.

Esta triple división tiene un carácter hermenéutico pues nos ayuda a comprender la Encíclica y su tarea.

El primer capítulo está estructurado a partir de Mateo 19,16-26 y acaba con Mt 28, 20.

De esta manera es como se obtiene una perspectiva completa pues la demanda del joven « antes que una demanda sobre las reglas que hay que observar, es una demanda de plenitud de significado para la vida»[11].

Esta perspectiva es conforme a la que el personalismo propone como adecuada a la demanda sobre el bien que hay que hacer y sobre la bondad de la persona . Es el pleno significado de la vida el que crea y exige reglas , mejor los mandamientos.

Este significado y la búsqueda del mismo, constituyen, por otra parte la aspiración íntima del corazón humano, el impulso de la libertad y el móvil de toda acción. Es por tanto lo que da unidad a la vida moral en la complejidad de las acciones humanas.

Por otra parte esta es una búsqueda ineludible para la inteligencia humana, pero la encíclica no la identifica en la línea del deseo sino más bien en la llamada a un bien absoluto como eco de una llamada de Dios.

«En esta brevísima síntesis de una metafísica personalista de la vida moral está también predispuesta la posibilidad de una estrecha unión entre la demanda sobre el bien y la cuestión soteriológica »[12].

Así pues tenemos una relación evidente entre normatividad (mandamientos) bien (virtud) y salvación (vida eterna ).

Esto lo vemos desarrollado en dos momentos: por una parte la demanda religiosa de l amoral de lo que sigue la teocentridad del bien y por otra, la concentración cirstológica del bien humano. Es decir: en Cristo está la respuesta que satisface el corazón humano pues en él encontramos la respuesta a la pregunta sobre la verdad y el bien.

De ahí se deduce que Cristo sea norma, la única norma del cristiano, de forma que «debe entrar en él con todo su ser y debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la encarnación y de la redención para encontrase a sí mismo»[13].

De está manera es como podemos decir que en Cristo, el hombre y su bien, tanto el que hace como el que ha de hacer, están prototípicamente  incluidad y actuadas.

De aquí se derivan y una serie de aspectos interesantes para la constitución y la caracterización de la Teología Moral:

  • Conexión íntima y vital con la teología bíblica y dogmática
  • La apelación a la antropología teológica
  • La vida moral como respuesta de amor a la iniciativa de DIos
  • La necesaria refracción del mandamiento en los mandamientos.
  • El carácter de no conclusión del esfuerzo moral humano y por tanto la distinción entre bondad y santidad.
  • Una «historia salutis legis» desde la creación en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Tanto la ley de Dios como la ley natural, ley antigua, como la nueva son distinciones útiles pero se refieren siempre a la ley cuyo autor es Dios y cuyo destinatario es el hombre.
  • El nexo entre mandamiento y promesa
  • La unidad de los mandamientos en el mandamiento y de los bienes en el bien de la persona humana y la reconducción de la formulación negativa de los mandamientos al bien positivo.
  • La centralidad del amor y la inseparable unidad del amor a Dios y al prójimo.
  • El sermón de la montaña, como carta magna de la moral evangélica, interioriza y radicaliza las exigencias de los mandamientos, abriendo un camino moral y espiritual de perfección ene l que Jesús mismo es el cumplimiento de la ley, mejor aun , la ley viva y personal.

Hay una unión entre bondad y perfección, entre los mandamientos y las bienaventuranzas. En ellos se establece la relación entre necesidad y libertad que caracteriza la vida moral madura  y que es una llamada dirigida a todos aunque de forma diferente.

Es importante también la llamada al seguimiento de Cristo y la configuración con él realizada en los sacramentos . De aquí se deriva el carácter sacramental de la moral.

Todo esto lleva a la convicción de que la adhesión del hombre al bien no se puede conseguir únicamente con el esfuerzo humano , sino que supone un don de gracia que transformando el corazón del hombre hace posible una adhesión plena a la exigencia incondicionada del amor.

En resumen nos encontramos ante dos grandes parámetros

  1. La estrecha relación entre moralidad y espiritualidad.
    1. Conexión objetiva entre bondad y santidad
    1. Contionuidad bíblica entre mandamientos y bienaventuranzas
    1. La tensión de la obediencia a Dios en el seguimiento y en la imitación para la perfección.
    1. EL vínculo entre el mandamiento general y la vocación individual
    1. La síntesis en el amor incondicionado.
    1. La apertura de la capacidad hacia la plena madurez en Cristo
    1. La priopridad ontológica del don sobre el mandamiento
  2. Las diversas formas de la relación entre ley y Evangelio como momento estructurante de la reflexión teológico- moral .
    1. La imposibilidad de la ley para hacer al hombre mas justo
    1. El reconocimiento de la función pedagógica de la ley, al permitirle al hombre pecador valorar su propia impotencia y quitarle la presunción de la autosuficiencia, lo que le le lleva a la invocación
    1. La desproporción entre la ley y la capacidad humana , las solas fuerzas morales del hombre dejado a sí mismo predispone a recibir la gracia.
    1. La fe tiene un contenido moral : suscita y exige un compromioso cohetrente de vida y la evangelización comprta la conexión entre don y tarea.
    1. Aunque inconfundibles, el don de la gracia se orienta a la obediencia de la ley

En definitiva se puede crear una relación entre ley y evangelio como de igual modo podemos establecer una relación entre evangelización y promoción humana.

Así pues diremos con Rhonheimer, que:

«los mandatos de la moral, tal y como fueron corroborados por la revelación en el Decálogo, ya en la antigua Alianza, reciben en Cristo su confirmación y plenitud  en la perspectiva de la cruz y de la resurrección: bienaventurados los que lloran…esta es una perspectiva nueva, una locura para los gentiles»[14].

La esperanza cristiana de la felicidad descansa en la iniciativa de la misericordia de Dios. Ahora bien el saber que estamos ante una verdadera promesa no diferida al más allá está en el núcleo de la Buena Nueva del Evangelio:

«Todo el que dejar hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o campos por amor de mi nombre, recibirá el céntuplo y heredará la vida eterna »[15].

La encíclica tiene un tono severo en algunos momentos, pero no propugna jamás un retroceso o un parón en el proceso de renovación teológica, sino todo lo contrario: aspira a impulsar un paso adelante en ese proceso a través de una profundización en lo que constituye el alma de la teología, es decir, en el mensaje bíblico. Más específicamente, lo que la Veritatis splendor recalca es la comprensión del hombre como ser situado ante Dios, como ser dotado de intrínseca dignidad, más aún, de una vocación y un destino que —éste es el punto decisivo— se construye y despliega no de forma genérica sino en y través de la percepción del valor absoluto de las ideales éticos.

La existencia de «absolutos morales», de comportamientos éticos válidos en todo momento y en toda circunstancia, es el punto que Juan Pablo II aspira a reafirmar. Precisando más puede decirse que el momento culminante de la encíclica lo constituye la afirmación según la cual hay comportamientos (privar de la vida a un inocente, torturar a un ser humano destruyendo su dignidad, desnaturalizar la sexualidad, etc.) que nunca y en ningún caso pueden realizarse sin incurrir en un desorden ético, o sea, hablando teológicamente, en pecado. La formulación de ese principio puede parecer negativa, y de hecho lo es linguísticamente hablando; su contenido es no obstante positivo: implica, en efecto, afirmar el carácter absoluto de la dignidad del ser humano y la necesidad de respetarla, situando ante una piedra de toque desde la que abrirse a una plenitud de realización de ese ideal. 


[1] Discurso del Santo padre Benedicto xvi a los cardenales, arzobispos, obispos y prelados superiores de la curia romana http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2005/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20051222_roman-curia_sp.html

[2] Baste ver : Vaticano II, 50 años después, en Concilium , 346 (2012)

[3] Lectura esencial delas cuatro constituciones conciliares de S. Pie – Ninot, Eclesiologia, Salamanca 200092, pp.85-90)Extraemos solamente la referente a la Gaudium et Spes

[4] G.S., 33

[5] G.S., 22

[6] O.T., 16

[7] B. Frahling, La vocación como categoría ética fundamental : interpretación del II Concilio Vaticano a la Teología moral», en  A. Gonzalez Montes (ed) Iglesia, Teología y sociedad veinte años después del Segundo Concilio del Vaticano, pp 297-311.

[8] O.T., 16

[9] Juan Filgueiras fernández,  Desafíos a la moral fundamental , moral cristiana para una sociedad secularizada, Valencia, EDICEP, 2009, p. 253.

[10] Alberto bonandi, veritatis splendor, treinta años de teología moral, Madrid, ediciones cristiandad, 1996. (En adelante: VS, treinta A.)

[11] VS, treinta A. p.32.

[12] Ídem

[13]  V.S., 8b

[14] Martin rhonheimer, La perspectiva de la moral, fundamentos de ética filosófica, Madrid, Rialp, 2007

[15] Mt, 19, 29.

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