Novena a N.P. Santo Domingo, Segundo día

Santo Domingo contempla al Crucificado

El misterio del sufrimiento visto desde la cruz nos lleva a ver en él dimensiones impensables de grandeza y de fecundidad.

Nuestro padre Santo Domingo nos enseña a mirar esta grandeza y fecundidad en Jesucristo, el Señor.

Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, por tanto, en Jesucristo no solo vemos al hombre que sufre sino también al Dios que sufre. Esto nos puede desconcertar un poco, pero es así. El Hijo de Dios que asumió el sufrimiento humano, no solo sufre, sino que nos enseña el significado profundo del sufrimiento desde el mismo Dios.

En primer lugar, lo que más destaca en la pasión y muerte de Cristo es su conformidad con la voluntad del Padre. San Pablo, dirá que Cristo se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Fl 2,8). Esto es totalmente lo contrario a lo que vemos en Adán. Más aún, en Getsemaní vemos que esta obediencia no fue fácil. Allí nos dirá Santo Tomas, que se produjo una agonía del alma mucho más dolorosa que la corporal. Jesús llega a la Cruz por amor y como el acto supremo de obediencia al Padre, que quiere que todos se salven. «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46). Esta es la obediencia que vence a la desobediencia de Adán y a todas las rebeliones que puedan nacer en el corazón humano: Jesús conforme al designio del Padre, repara la desobediencia que siempre está presente en el pecado.

Ahí vemos manifiestamente el designio amoroso del Padre que se nos manifiesta en Cristo: nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos (Jn 15,13). He ahí que Dios se hace solidario de nuestro sufrimiento y en ese sufrimiento del Justo vemos manifestado el amor de Dios del que nada ni nadie nos podrá separar. De este modo dirá Santo Tomás es como Dios nos da a conocer su amor por nosotros de modo que podamos amarlo nosotros también. Un amor que permite amar al amado con la misma intensidad que ama, es decir hasta la muerte.

Santo Domingo contempla en sus largas noches de oración, como en el sufrimiento y la muerte de Cristo, el amor de Dios hacia los hombres se ha manifestado en toda su profundidad y grandeza. Este es el misterio de la cruz, el misterio de la cruz no es sino la manifestación, la revelación, de ese amor sin medida de Dios por todos y cada uno de nosotros. En la cruz, Santo Domingo contempla no solo la grandeza de ese amor, sino la profundidad y la fecundidad de ese amor, porque fruto de ese amor de Cristo somos nosotros, pues todos hemos nacido en la fuente del bautismo por la fuerza de ese amor.

Inflamado de este amor, Santo Domingo se lanza luego a la predicación. Ya que  este sufrimiento y amor de Cristo es estímulo e invitación a amar, con el amor con el que él nos ha amado. A este amor hemos de aspirar como seguidores de Cristo y este es el amor que pedía Santo Domingo para él y para todos sus hijos e hijas. Que todos podamos vivir en ese amor y por ese amor. Así lo vemos en tantas hermanas y tantos hermanos que a lo largo de la historia; han participado de ese mismo amor.

Jesucristo, en su naturaleza humana y divina ha sido capaz, por la abundancia de su obediencia y de su amor, reconciliarnos con el Padre, de manera que se ha convertido para todos los que creen en lugar de encuentro con Dios, en mediador y en autor de salvación. No hay otro, que pueda salvarnos y esa es la verdad; la verdad que guiará a Santo Domingo a lo largo de toda su misión apostólica. De igual modo, rechazar a Cristo es rechazar la salvación. Si no aceptamos esta salvación que Dios nos da por medio de Jesucristo no vamos a poder salvarnos y seremos reos de condenación. ¿Qué será de los pecadores? insistía continuamente Santo Domingo. Pues no acoger esta oferta de salvación, rechazar esta oportunidad es realmente quedarse fuera del amor de Dios y quedarse fuera del amor de Dios es quedarse en la tiniebla en la oscuridad, en la muerte.

Contemplar a Cristo con los ojos de Santo Domingo es contemplarlo bajo el amor y es contemplar el amor como la explicación última de toda su vida.

Pidamos hoy a Nuestro Padre que nos conceda esa mirada amorosa, esa capacidad de contemplar su corazón traspasado por el amor y de ver en él la fuente de la esperanza y de la paz verdadera y auténtica que todos buscamos y anhelamos.

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