Domingo 14 T.O. ciclo A

La humildad es el camino de la realeza. Es el mensaje que nos ofrece este domingo, la Palabra de Dios, que en la primera lectura tomada del profeta Zacarías 9,9-10, las líneas tradicionales del mesianismo político se entremezclan con elementos nuevos e inesperados. El rey que viene no tiene los atributos de dominador victorioso y esperado: su poder deriva únicamente de su relación con Dios. El es el «justo», es decir, el que lleva a cabo plenamente la voluntad de Dios, que imparte justicia a los pobres; el «salvador», como tal, establecido por Dios.

Se observa también, la influencia de los cánticos del Siervo de Yaveh (Is 53, 11c-12a: mi siervo traerá a muchos la salvación…le daré un puesto de honor). Dios se hace presente en la modesta figura humana de su Mesías cabalgando sobre un asno, pero sin dejar de ser realmente el rey victorioso.

Estas palabras del profeta son también las que iluminan la entrada de Jesús en Jerusalén y marcan toda una invitación a seguirlo adoptando la misma actitud de modestia y no violencia que él realizó y vivió. San Pablo recordará en este sentido, que la fuerza se realiza en la debilidad. Esto es, en la forma de siervo (2 Cor 12, 8.9).

Por otro lado, en contra de la estrechez de miras en que poco a poco el judaísmo había caído, Zacarías levanta la voz para advertir que la soberanía de Dios es universal y alcanza a todas las naciones. En él se reunirán todas las naciones.

La segunda lectura de Rom 8, 9. 11-13, nos recuerda que pertenecer a Cristo es lo mismo que seguirlo o dicho de otro modo, caminar como caminó él; esta pertenencia real a Cristo, conlleva un mismo destino futuro, pues la presencia del Espíritu garantiza ya para siempre el anhelo de una vida que no termina y feliz. Es más, si bien la donación del Espíritu era esporádica en el AT, con Jesús, el Espíritu irrumpe para todos y para siempre. Este es el fruto de la obra de Jesús.

El Evangelio de Mt 11,25-30, ha sido definido como el Magníficat de Jesús. En aquel contexto, los sabios y entendidos son los escribas y fariseos. Su reproche hacia ellos va dirigido no a su sabiduría sino a su talante, que los llevaba a estar pagados de sí mismos y ello les impedía abrirse a la gratuidad y misericordia del Padre. En cambio, los sencillos, no necesariamente ignorantes, reciben el reino como una gracia y se ponen en marcha (Mc 4,11). En este sentido, cargar con el yugo es cargar con la ley y todas sus prescripciones. Jesús, en cambio, libera al hombre de esta carga insoportable. El nos ofrece un yugo diferente, pues acoger las enseñanzas de Jesús, no significa, en efecto, cargar con un cúmulo de normas a observar, sino aprender de él la sencillez y humildad de corazón, que hacen más llevadera la prueba y mas leve la tribulación, pues un corazón que ama como el de Cristo, encuentra descanso y sosiego, o como solía decir San Teresa de Jesús: el que ama no cansa ni se cansa.    

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