Pentecostés, Ciclo A

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Con la fiesta de Pentecostés finalizamos el tiempo Pascual. Han sido cincuenta días de celebración de la resurrección del Señor y de preparación para acoger su fruto: el don del Espíritu Santo.

La liturgia nos muestra en la primera lectura de los hechos de los apóstoles, 2,1-11, a San Lucas recordándonos que la venida del Espíritu Santo acontece cuando los discípulos están juntos y en oración. En oración es como se recibe el Espíritu Santo y por medio de la oración se renueva constantemente su presencia. Necesitamos espacios y tiempos de silencio y escucha para recibir y percibir la presencia del Espíritu.

En la segunda lectura de San Pablo a los Corintios 12,3b-7.12s, el Apóstol les advierte que la acción del Espíritu no se mide tanto por las manifestaciones extraordinarias a que pueda dar lugar sino por la fe profunda con la que uno profesa que Jesús es el Señor, es decir, que es Dios. También en la medida en que sus dones y carismas hacen posible la comunión, es decir, la unidad visible de su cuerpo, que es la Iglesia. El Espíritu Santo, algunos lo definen como: «una persona en muchas personas». Por tanto, es el que garantiza la comunión entre todos y con Dios. La gente decía: «cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua». Pentecostés nos invita a abrir fronteras y ensanchar horizontes.

El Evangelio de San Juan, nos muestra a Jesús como aquel que ha tomado sobre si el pecado del mundo, destruyéndolo en su cuerpo inmolado en la Cruz.  En los versículos que leemos hoy (20, 19-23) vemos que él continua su acción salvífica a través de los apóstoles, haciendo renacer a una vida nueva y restituyendo a la pureza originaria a los que se acercan a recibir el perdón de Dios y se abren a recibir a través de un arrepentimiento el don del Espíritu Santo.

De este modo, el don del Espíritu Santo Creador, se manifiesta en el perdón de los pecados. El pecado, malogró en el paraíso el proyecto de Dios sobre el hombre, que había formado para la vida y felicidad, en la obediencia y comunión con su Creador, pero el hombre desconfió de su Creador  y cometió el pecado de querer ser él mismo, rompiendo su dependencia de Dios. En el momento actual, es el Espíritu Santo ahora, el que llevando adelante su actividad de perdonar los pecados a través de los apóstoles y de la Iglesia, hará presente en el mundo la nueva creación y manifestará el verdadero proyecto de Dios. Y es que el pecado, no está en la textura original del hombre. De ahí que podamos decir que el pecado no es humano, pues no estaba presente en el proyecto original. De ahí que Jesús el hombre nuevo, no lo pudo tener en cuanto que hombre; aun siendo semejante a nosotros en todo, no conoció el pecado.

Es con la reconciliación universal, por obra de la muerte y resurrección de Jesús y que se actualiza siempre por obra del Espíritu Santo, como aparece de nuevo cual fue el sentido del hombre en su creación.

Dejemos pues que este Espíritu nos transforme y nos permita proclamar que Jesús es el Señor y demostrando de manera concreta que él ocupa todos los espacios de nuestra existencia, que formamos un solo cuerpo en el que el amor nos hace a los unos don para los otros. El nos da la paz para que nosotros la podamos dar a los demás y así seamos testigos de esperanza y custodios de la verdadera alegría.  

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